La escuela de un hospital debe ser un lugar
maravilloso, y la nuestra está claro que lo era. Cuando llegué ya estaba todo hecho,
como quien dice, pero sé que los comienzos no fueron nada fáciles y que la
implicación continua de una gran luchadora hizo que en la actualidad sea quizás
el punto de encuentro más bonito en el que haya estado nadie en esa situación.
El
espacio no era muy amplio, pero misteriosamente allí siempre había de todo. Las
estanterías estaban repletas de libros, montones de juegos y puzzles para todas
las edades. No faltaban ni juegos para
los más pequeños. De hecho eran las propias familias de los niños ingresados
las que donaban parte del material para que nunca faltase de nada.
También
estaba equipada con unos cuantos ordenadores de mesa para entretenimiento de
los mayores y consultas puntuales, e incluso ordenadores y reproductores DVD
portátiles para los que no pudiesen salir de la habitación. Todo ello obsequio
de determinadas organizaciones y empresas.
Pero
mi espacio habitual y favorito eran aquellas mesas. Ahí es donde pasé el mayor
tiempo de mi aventura. Reí, lloré, recibí noticias buenas y malas, pero sobre
todo aprendí y me formé. Esas 4 mesas me acompañaron en prácticamente toda mi
vivencia allí. En ocasiones las echo de menos, pero sobre todo a los que las
rodearon durante esos dos intensos años.
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