viernes, 7 de junio de 2013

La escuela de un hospital debe ser un lugar maravilloso, y la nuestra está claro que  lo era. Cuando llegué ya estaba todo hecho, como quien dice, pero sé que los comienzos no fueron nada fáciles y que la implicación continua de una gran luchadora hizo que en la actualidad sea quizás el punto de encuentro más bonito en el que haya estado nadie en esa situación.

El espacio no era muy amplio, pero misteriosamente allí siempre había de todo. Las estanterías estaban repletas de libros, montones de juegos y puzzles para todas las edades. No faltaban ni juegos  para los más pequeños. De hecho eran las propias familias de los niños ingresados las que donaban parte del material para que nunca faltase de nada.

También estaba equipada con unos cuantos ordenadores de mesa para entretenimiento de los mayores y consultas puntuales, e incluso ordenadores y reproductores DVD portátiles para los que no pudiesen salir de la habitación. Todo ello obsequio de determinadas organizaciones y empresas.


Pero mi espacio habitual y favorito eran aquellas mesas. Ahí es donde pasé el mayor tiempo de mi aventura. Reí, lloré, recibí noticias buenas y malas, pero sobre todo aprendí y me formé. Esas 4 mesas me acompañaron en prácticamente toda mi vivencia allí. En ocasiones las echo de menos, pero sobre todo a los que las rodearon durante esos dos intensos años.

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