miércoles, 22 de mayo de 2013


El dolor y sufrimiento que experimenta una madre/padre cuando su hijo enferma es inexplicable, puedo afirmar por todo lo que he visto, que es lo más duro del mundo. Yo no he tenido la suerte de ser madre todavía, aunque cada vez me siento más preparada para ello, pero ya podría confirmaros que no sería ni la mitad de valiente que esas grandísimas familias a las que he tenido el placer de conocer.

No es nada fácil enfrentarse a algo en lo que no está en tu mano la solución, es difícil hasta el no tener sentimiento de culpa, ya que la persona que está a su cargo, no sabes si se va a poner bien y  no puedes hacer nada para evitarlo.

La angustia desborda por sus rostros, la impotencia se delata con sus palabras, pero tienen el valor y fuerza suficiente para fingir delante de sus hijos que todo se va a solucionar. No dejan luchar, nunca lo harán y quizás por esa insistencia muchas veces las cosas salgan bien, porque las batallas en ocasiones se ganan y yo he vivido de cerca alguna de ellas.

Dejan sus casas, sus trabajos, en resumen, sus vidas, por un tiempo indefinido sin dudarlo un instante ni pensar en las repercusiones que les pueda acarrear. Lo único importante en esos momentos es el bienestar de la persona que ellos mismos han creado y a la que no van a permitir que nadie ni nada la separe de su lado.

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