El dolor y
sufrimiento que experimenta una madre/padre cuando su hijo enferma es
inexplicable, puedo afirmar por todo lo que he visto, que es lo más duro del
mundo. Yo no he tenido la suerte de ser madre todavía, aunque cada vez me
siento más preparada para ello, pero ya podría confirmaros que no sería ni la
mitad de valiente que esas grandísimas familias a las que he tenido el placer
de conocer.
No es nada fácil
enfrentarse a algo en lo que no está en tu mano la solución, es difícil hasta
el no tener sentimiento de culpa, ya que la persona que está a su cargo, no sabes
si se va a poner bien y no puedes hacer
nada para evitarlo.
La angustia
desborda por sus rostros, la impotencia se delata con sus palabras, pero tienen
el valor y fuerza suficiente para fingir delante de sus hijos que todo se va a
solucionar. No dejan luchar, nunca lo harán y quizás por esa insistencia muchas
veces las cosas salgan bien, porque las batallas en ocasiones se ganan y yo he
vivido de cerca alguna de ellas.
Dejan sus
casas, sus trabajos, en resumen, sus vidas, por un tiempo indefinido sin
dudarlo un instante ni pensar en las repercusiones que les pueda acarrear. Lo único
importante en esos momentos es el bienestar de la persona que ellos mismos han
creado y a la que no van a permitir que nadie ni nada la separe de su lado.
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