martes, 14 de mayo de 2013

Siempre he sido una persona bastante inestable, puedo pasar del llanto más profundo a la felicidad extrema en cuestión de segundos, soy caóticamente inconformista. No soy nada fuerte aunque mi exterior denote lo contrario, mi sensibilidad permanece oculta y solamente emerge cuando siente confianza para ello, y en lo referente a la gente que me conoce, siempre me han descrito como arisca y un poco antisocial.

Toda esa combinación resultaba tan explosiva, que se transformaba en miedo, miedo e inseguridad ¿Cómo iba a trabajar con niños enfermos si lloro hasta con las pelis malas y me produce miedo hasta una araña?, ¿De donde iba a sacar la fuerza para ayudar a toda esa gente o al menos no compadecerme de su dolor?

Nunca había estado en un hospital, y no es que supiese demasiado de enfermedades. Además, un par de años atrás un duro golpe se cruzó en mi vida, algo inesperado para casi todos, aunque para mi incluso premonitorio, que me inundó de dolor y me cambió la vida. Desde ese mismo instante, a no he podido dejar de pensar en la muerte, no lo he hecho ni un solo día desde hace ya más de siete años. La muerte es algo natural, pero desgraciadamente, la percibimos como algo malo, un demonio que nos persigue a lo largo de nuestra existencia en el mundo de los que creemos estar vivos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario