Me gustaría contaros una etapa muy bonita, pero a la vez muy dura, de mi vida. Los motivos de hacerlo son varios, pero destacaría entre ellos, el transmitir fuerza esperanza a todos en general y en concreto a determinadas personas, para algunos, que seguro ya sabéis quienes sois, veáis que no lo hicisteis tan mal y con deseo de que aunque no me comprendáis algún día confiéis en mi, y sobre todo porque no hay ni un solo minuto de mi vida en el que no tenga en el pensamiento a los angelitos que he tenido la suerte de conocer y de los que he aprendido muchísimo. Ya por último me gustaría mencionar a dos ángeles o más bien demonios, jejeje, que estoy convencida que me cuidan y protegen en todo momento.
Recuerdo mi primera visita a aquel lugar como si fuese hoy mismo. Al principio me causó miedo y dolor, más tarde tristeza y compasión, pero a los pocos minutos comencé a sentir felicidad y empatía, creo que en aquel instante fui consciente de que ese era el lugar en que me apetecía estar, me sentí parte de una gran familia a la que todavía no conocía. Sorprendentemente ese lugar era un hospital.
He trabajado y lo que es más importante, convivido con niños y familias enfermos, y digo niños y familias porque la enfermedad de un hijo, sobrino, nieto... la sufren todos en mayor o menos medida. He tenido la gran suerte de poder disfrutar de una gratificante aunque a veces dolorosa experiencia durante casi dos años, en los cuales mi casa era la planta de pediatría del hospital, más que el piso que habitaba en aquel momento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario